Pbro. Lic. Juan José Hernández Flores
Arquidiócesis de México
Comentario al Evangelio
Hacia la Pascua, nuestra última meta. Hacia la pascua, columna vertebral de nuestra fe. El itinerario cuaresmal que toda la Iglesia comenzó con el rito penitencial del miércoles de ceniza, nos llevará celebrar una vez más, con viva alegría y fe, la Pascua del Señor, hasta el momento en que experimentemos también nuestra pascua personal.
Ahora, el camino cuaresmal ciñe a cada bautizado con el espíritu preparativo del silencio, la sobriedad, la mortificación y la oración, mientras la lectura del evangelio proclamada en este I Domingo de Cuaresma, nos ayuda a considerar lo que implica este tiempo de preparación. En efecto, el pasaje de las tentaciones, manifiesta que Jesús vivió en el desierto, y nos aproxima a pensar lo complejo que se vuelve el seguimiento de la voluntad divina, pero también, lo bello que es el cumplimiento de esa voluntad, pues, -para todo aquel que se mantiene fiel a ella-; la misma voluntad de Dios, se convierte en ungüento suave para el alma, asegurando ya desde este mundo la vida eterna.
San Lucas nos dice que «Jesús [después de bautizarse], lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y fue conducido por el mismo Espíritu al desierto. Allí estuvo durante cuarenta días y fue tetado por el diablo» (Lc 4, 1-2). En la Sagrada Escritura, cuando aparece una cifra específica, generalmente, concentra un simbolismo que hay que tomar muy en cuenta, en este caso, al señalarnos que Jesús fue a vivir cuarenta días al desierto; el autor sagrado ya nos ubica en las coordenadas de la preparación, que para nosotros es de corte cuaresmal.
Jesús, al ser plenamente consciente de la magnitud de la misión que asumían sus manos: -la redención del género humano-; también dispone su interior para llevar a término la obra que Dios había puesto en él. Dice el texto del evangelio: se fue al desierto, conducido por el Espíritu. Entró ahí él solo, en el lugar donde el silencio es absorbente, donde la soledad se vuelve coqueta compañía, donde la distracción no tiene pase de abordo, y donde lo que sopla es el viento que se traduce en frescura para el cuerpo y guía para el alma. Jesús fue al desierto a orar, a prepararse, a ofrecer –como dice la carta a los hebreos-: oraciones y suplicas, con fuertes voces y lágrimas (Hb 5, 7).
El evangelista delinea artísticamente toda una etapa completa de preparación interior, para asumir la tarea mesiánica y salvadora. Pero algo acontece, lo que aparentemente transcurría en salubre paz, comienza a teñirse de impresionante atención. El diablo aparece. La maldad y la bondad en medio de la nada. Jesús y el tentador en el desierto. Lucas, al Igual que Mateo, hace un relato netamente catequético en tres anécdotas.
La primera oferta tentadora, evoca al pan. Jesús presenta hambre acumulada, lleva un buen rato en medio de la nada y su vida misma comienza a posicionarse en la línea del riesgo natural, el estómago exige su respectivo alimento. Efectivamente, el diablo conoce la necesidad de Jesús, sabe de su estado hambriento –y como es su costumbre- interviene con una oferta sugestiva, deliciosamente atrayente, toma, le dice: «convierte esta piedra en pan» (Lc 4, 3).
Una puerta fácil –como siempre-, una oferta confusa, una tentación muy cotidiana. Tú, eres el Hijo, anda, transforma la piedra en pan y come, no sufras más. ¡Tan fácil que es eliminar la necesidad! No sufras, come. El pan es el signo que representa lo necesario para vivir. Pero ante la oferta diabólica, el ánimo divino de Cristo no sucumbe, porque Dios está con él, por ello la respuesta que ofrece es contundente: «no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre también vive de todo lo que sale de la boca de Dios » (Dt 8, 3).
La proposición tramposa del Maligno es cómoda y categórica, pero no va con la identidad profunda de ser Hijo de Dios. Reconociéndose como verdadero Hijo, ubica que, Padre es el que da pan, no piedras para hacerlas pan, y Dios ofrece a sus hijos el alimento correspondiente, el alimento de su palabra, -obvio que esto no sustituye el pan nutricional- pero le da identidad al hijo. El Hijo es el que obedece a su padre, no a la voz desconocida con apetecibles tentaciones. Dios engendra hijos con su palabra, y esa palabra está inscrita en la ley. Por lo cual, Todo hijo de Dios no se mueve por el pan que se consume, sino por la palabra que anima a la vida.
La segunda prueba se encuentra en la esfera de la autoridad y las glorias del poder. Todo Israel, esperaba que el Mesías sometiera a todas las naciones con el cetro de hierro, es decir, por la fuerza, develando así, su terrible y mundano poder. Esto sería una de las notas características para reconocer el reinado de Dios en el mundo, y en esta misma dirección la propuesta del bribón tentador es deslumbrante. Propone traspasar al mando del Mesías, el sometimiento de todas las naciones paganas, con la condición de que le rinda culto y pleitesía. Las malévolas intenciones del diablo se ubican en confundir, hacer creer que el poder es para dominar bajo presión e imposición, pero el poder divino no es así. El poder de Dios es para asumir, para salvar, para cambiar, para reconciliar. La identidad de todo hijo de Dios no se define sino en relación con él, que es su Padre. Esta identidad es la que le da autoridad y gloria, y por ende, la que asienta su entera dignidad. El Hijo de Dios, sólo a Dios sirve y adora, y por su exclusividad absoluta que no tiene precio, no se vende, no se postra ante ningún otro poder, porque la ley claramente anida en su interior: «Adorarás al Señor tu Dios, y sólo a él darás culto» (Dt 6, 13).
La tercera tentación es la prueba de [lo que llamo] la santidad inmune. En el sitio más sacro sobre la tierra, se lleva a cabo esta última escena; en el templo de Jerusalén, donde el cielo se comunicaba con la tierra y con la elocuencia de los salmos; el ladino demonio propone a Jesús que ponga a prueba la protección que Dios le garantiza al justo, al hombre que se dedica a oír y cumplir su voluntad. La justicia, es lo que asemeja más al hombre con su Padre y Creador. El Mesías de Dios, es el justo por excelencia, y por eso se apega a la palabra de la Ley para alejar toda tentación: «No tentarás al Señor tu Dios» (Dt 6, 16).
Después de analizar brevemente una a una las tentaciones que Jesús vivió, podemos preguntarnos: ¿Y cómo le hizo para no caer en ellas? ¿De verdad se puede salir invicto de las seducciones pesadas del maligno? Algunas mentes insensatas y poco piadosas, a lo largo de la historia han expresado y siguen expresando: “venció porque era Dios”, “lo pudo hacer, porque tenía el poder: así, qué chiste”. A lo que me permito replicar: ¡No! no venció sólo porque tiene el poder de Dios, venció porque rechazo toda tentación. En uno de sus magistrales sermones, San Agustín expone el motivo de la victoria de Cristo sobre las tentaciones en el desierto, con estas palabras: “Al tentador, no se le vence, si no se le desprecia”. Este precisamente es el punto neurálgico de nuestra reflexión: ¿Cómo vencer la tentación? Despreciándola. No negociando, ni tampoco jugueteando con ella.
El desprecio al diablo es el mejor antídoto que podemos poner ante sus tramposas propuestas, por ello, indispensable es la oración, la mortificación, el silencio, el abandono pleno en Dios, porque sólo él dará a sus hijos la capacidad de evadir todo engaño y todo acto malsano. Dice Fiódor Dostoyevski brillante pensador y escritor ruso, en su obra titulada “Los hermanos Karamasov”: “Aunque el pecado, la mentira, y la tentación habitan entre nosotros, no deja de haber en la tierra en algún lugar, un hombre santo, un ser superior; al menos en ese hombre reside la verdad; al menos el conoce la verdad; así pues, la verdad no ha muerto en la tierra y, por lo tanto, alguna vez vendrá a nosotros y reinará en todo el mundo, tal y como se nos ha prometido”. Toda persona que rechaza el mal es imagen viva de Dios; de modo que, la verdad y la justicia irradian en ella.
Queridos hermanos, iluminados, pues, con el evangelio de este día y la dinámica cuaresmal, supliquemos en esta Eucaristía a Dios nuestro Padre, la fuerza necesaria para rechazar la tentación. Sólo así podremos librarnos de tantos embrollos, sólo así nos mantendremos como dice el apóstol Pedro: «firmes en la fe» (1Pe 5, 8-9). Por eso, la necesidad de ceñirnos a la dinámica cuaresmal: del silencio, la sobriedad, la mortificación y la oración. Que el Señor nos asista, y nos haga más capaces de rechazar lo que nos condena y aceptar lo que nos salva, porque hacia la Pascua nos dirigimos.