Pbro. Lic. Juan José Hernández Flores

Arquidiócesis de México

Comentario al Evangelio

Jesús define a sus discípulos y demás seguidores con estas palabras: «Ustedes son la luz del mundo» (Mt 5, 14). Y al mismo tiempo, les designa -con la comparación de la sal-, cómo y de qué manera ha de ser su proceder habitualmente.

«Ustedes son la sal de la tierra» (Mt 5, 13). Todos sabemos que la sal, es el condimento indispensable para dar sabor a la comida, y también, para preservarla de la pronta corrupción o sea, de que se eche a perder con facilidad. Así, pues, el discípulo de Jesucristo es sal, en la medida que ofrece a los demás sus dones, talentos y carismas para un mayor servicio y desarrollo de la sociedad. Su personalidad –con todo lo que esta palabra implica-, es justamente ese sabor que el discípulo trae consigo y que condimenta la vida de sus semejantes, cuando no se reserva nada para sí y todo lo pone a merced de sus hermanos. Podemos decir: así con sus cualidades y limitaciones, el discípulo mezclándose en el círculo cotidiano de la vida y sus dificultades, va inyectando sabor peculiar a sus días y al de sus hermanos que se encuentran en el mismo entorno.

Ahora bien, dejando atrás la figura metafórica de la sal, el discípulo de Jesús ha de tener presente que ese sabor no es fruto de ocurrencias simpáticas o locuras extremas, sino fruto de la relación cercana y estrecha que lleva con el Señor. Fruto de la comprensión de lo importante y necesario que es hacer el bien y amar la verdad.

Ser sal, implica aportar virtuosamente a la vida de los demás una delicada y confiada esperanza en que Cristo está con nosotros en todas las etapas y dimensiones de nuestra historia, que él no nos abandona, ni en el momento más crítico de nuestra vida. Qué inclusive, está con nosotros mostrándose en esos gestos pequeños de cariño y ayuda que proviene del discípulo, que «compadecido presta y lleva su negocio –y su vida- honradamente…» (Sal 111, 5), y que sale a nuestro encuentro cuando más mal estamos, o cuando menos lo esperamos.

El sabor -que es la tarea del seguidor de Jesús-, unido a la luz – título con el que el Señor ha definido al discípulo-, hace precisamente del hombre un ser bienaventurado, justo, grato a los ojos divinos y acepto a la humanidad con sensatez.

Un hombre literalmente «imagen y semejanza de Dios» -como dice el Génesis- (Gn 1,27). Luz y sal, se vuelven entonces, elementos complementarios. Si la sal insinúa la idea de inyectar en el mundo: virtud, bondad, justicia, caridad, misericordia, paciencia, mansedumbre… la luz, insinúa la idea de difundir lo que la sal cristiana –llamémosla así-, aporta a la humanidad. De hecho, el mismo Jesús dice: «cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone en un candelero, para que alumbre a todos los de la casa» (Mt 5, 15). La luz, pues, propaga lo que la sal condimenta. Si el discípulo condimenta su vida y la de los demás, con virtudes evangélicas; la misma actitud de aquel hombre o mujer, determinará la procedencia de su esencia, de su sabor: es de Dios o no es de Dios. Es luz, o es tiniebla.

Alessandro Mazoni, magnífico poeta italiano del siglo XVIII, en una obra, titulada: “Himnos sagrados” , haciendo referencia al misterio de Pentecostés, dice: “La luz rápida cae como lluvia de cosa en cosa, y suscita varios colores donde quiera que se posa”. Así, de esta misma forma, el discípulo que con sus obras condimenta su núcleo de vida y su entorno; reluce automáticamente, y refleja el color de su luz. Si es, de Cristo, ese sabor y esa luz moverá e inspirará a la humanidad a tener un encuentro más cálido y cercano con Jesús; pero si su brillo no es de Cristo, ese sabor y esa luz conducirán a los hombres al extravío, sumergiéndolos cada vez más en las aguas negras de la inmundicia y la insatisfacción.

El discípulo, para ser auténtico seguidor de Dios, está llamado a la coherencia, pues su proceder es notable para el mundo. Por lo cual, ha de imitar a su divino Maestro que es «la luz verdadera que viniendo al mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1,9). ¿Y cómo ser luz efectiva, luz de Cristo, luz que alumbra al mundo? Ya en la primera lectura, el profeta Isaías nos sitúa en el maravilloso plano de lo que significa ser luz, y tener la luz de Dios. Cualquier persona que generosamente comparte su pan con el hambriento, abre su casa al que no tiene techo, se digna vestir al que está desnudo y no da la espalda a nadie (Is 58, 7), ese tiene la luz de Dios, y por sí, comenzará a brillar, sin promoción propia. Brillará por sus obras. Se distinguirá de entre las tinieblas por su justicia y su bondad, y no por su egoísmo exorbitante, ni su lamentable vanidad.

Jesús, al decir a sus discípulos que son luz, los está elevando a su misma condición. Él, «Luz del mundo» (Jn 8, 12), anima a los hombres a ser lámparas trasmisoras de la luz divina que es él. San Agustín dice: “al decirles el Señor que son lámparas –trasmisoras de su luz- no exulten llenos de soberbia, no sea que se apague la llama… El Señor no los puso debajo del celemín –de la olla-, sino en el candelero para que den luz. ¿Y cuál es ese candelero para la lámpara? Escuchen cuál. La cruz de Cristo es el gran candelero. Quien quiera dar luz, que no se avergüence de aquel candelero de madera”. Por ello, el mismo San Pablo, lámpara buena del Señor –al igual que todos los demás apostoles-, nos presenta en la segunda lectura, a Jesucristo crucificado (1 Co 2, 3), para que en el poder del que hace diferentes y nuevas todas cosas, hallemos nosotros el ejemplo más claro que la luz de Dios no es un privilegio, sino un servicio. Es un llamado a la entrega total, a ofrecerlo todo para la salvación de todos.

Finalmente, como podemos observar, todo seguidor de Cristo está invitado a ser su discípulo, más aún, el mismo bautismo que hemos recibido, ya nos posiciona en esta condición: luz y sal del mundo. Ante todo, ruego al Señor para que los que participamos de esta santa Eucaristía, renovemos nuestra conciencia de ser discípulos del Señor y así, luchemos por ser trasmisores de esa luz que es Jesús, condimentando con nuestro propio toque, el dulce bien que requiere nuestra humanidad.

"Sal de la tierra y luz del mundo"