Pbro. Rodrigo Misael Olvera Díaz

Diócesis de Xochimilco

Comentario al Evangelio

Queridos lectores: El Evangelio de este domingo se sitúa en el corazón del Sermón de la montaña, donde Jesucristo revela la profundidad de su identidad y misión. No se trata simplemente de un texto moralista que ofrece nuevas normas, sino del mensaje de Cristo que lleva a plenitud la revelación antigua.

Este texto constituye una de las claves hermenéuticas más importantes para comprender la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre la Ley y el Evangelio, entre la justicia humana y la justicia del Reino. En él, Jesús afirma con claridad: «No piensen que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). Con esta declaración, el evangelista subraya la continuidad entre la antigua alianza y la novedad mesiánica.

Para la comunidad judeocristiana de San Mateo, esta afirmación era decisiva. Jesús no rompe con la tradición de Israel; la lleva a su plenitud. El cumplimiento no es mera obediencia externa, sino realización perfecta del designio salvífico de Dios. En Él, la Ley encuentra su sentido definitivo porque Él mismo es la Palabra viva que la inspira. Desde una perspectiva teológica, esto implica que la Ley no es abolida, sino interiorizada. La plenitud no consiste en multiplicar normas, sino en revelar su intención profunda: conducir al ser humano hacia la comunión con Dios.

La ley de Dios no se trata de una moral más severa, sino más profunda y amorosa. El pecado no nace en el acto visible, sino en la intención interior y Jesús desplaza el eje de la moralidad del comportamiento externo al corazón, lugar donde se gesta la libertad y el amor. Por eso, en este pasaje se vislumbra una antropología renovada. El corazón humano no es simplemente el asiento de los afectos, sino el centro de la persona. Allí se decide la fidelidad o la ruptura con Dios.

La radicalidad de las palabras de Jesús: “si tu ojo te es ocasión de pecado, arráncalo” no debe leerse en clave literalista, sino como expresión que subraya la urgencia de la conversión. La santidad no admite medias tintas. Sin embargo, esta exigencia no puede comprenderse sin la gracia. La justicia superior que Jesús pide no es fruto exclusivo del esfuerzo humano, sino participación en la vida misma de Dios. La plenitud de la Ley es posible porque Cristo comunica su Espíritu.

Ahora bien, la enseñanza sobre el divorcio en Mateo, revela la dimensión sacramental del matrimonio. Jesús supera la casuística legal para remitir al proyecto originario de Dios: la alianza conyugal como reflejo de la fidelidad divina.

En una cultura marcada por la fragilidad de los vínculos, este pasaje adquiere una resonancia particular. La fidelidad no es mera obligación jurídica, sino testimonio del amor irrevocable de Dios. Por ello podemos decir que, el matrimonio se convierte así en signo escatológico del Reino.

Finalmente, Jesús invita a una coherencia radical: «Que su sí sea sí, y su no sea no». La prohibición de los juramentos no es desprecio por la verdad, sino llamado a una autenticidad tan profunda que el juramento resulte innecesario. En este sentido, la ética cristiana no se fundamenta en fórmulas, sino en la verdad interior que brota de una conciencia transformada por el amor.

La justicia del Reino no se mide por el cumplimiento externo, sino por la transformación interior. La santidad cristiana no consiste en hacer más cosas, sino en amar más profundamente. Leer la Ley de Dios en clave del amor transforma la experiencia religiosa. Ya no se trata de cumplir normas externas, sino de vivir en comunión. El mandamiento deja de percibirse como límite y se descubre como camino hacia la libertad verdadera.

Les ofrezco tres orientaciones concretas:

1. Revisen el corazón antes que la conducta. No basta con evitar el mal externo; el Evangelio nos invita a sanar resentimientos, purificar intenciones y reconciliarnos interiormente. Dedicar unos minutos diarios a examinar el corazón transforma la manera de vivir la fe.

2. Vivan los mandamientos como caminos de libertad. Cada precepto protege un bien mayor: la vida, la verdad, la fidelidad, la dignidad del otro. Cuando comprendemos esto, la norma deja de ser límite y se convierte en custodia del amor.

3. Busquen la gracia antes que el perfeccionismo. La radicalidad del Evangelio no se sostiene con puro esfuerzo humano. Pidan al Señor la gracia de amar como Él ama. La santidad no es rigidez moral, sino docilidad al Espíritu.

Finalmente, no olviden que la credibilidad del cristiano no se mide por la severidad de su juicio, sino por la calidad de su amor. Cuando nuestro “sí” es verdadero, cuando nuestra palabra es transparente y nuestra fidelidad constante, la Ley se vuelve luminosa.

"Pero yo les digo"