Pbro. Rodrigo Misael Olvera Díaz

Diócesis de Xochimilco

Comentario al Evangelio

El Evangelio de este domingo, nos presenta un momento clave en el ministerio de Jesús: su transfiguración. Este episodio ocurre en un momento crucial, después de que Jesús anuncia su pasión y muerte. No se trata solo de una manifestación gloriosa, sino también un símbolo de la transformación que debe ocurrir en la vida de todo cristiano.

En el capítulo nueve de Lucas, antes de la transfiguración, Jesús ha hablado claramente de su sufrimiento y muerte. Este anuncio puede haber dejado desconciertos y miedos entre sus discípulos. ¿A quién le puede gustar una cruz? Pues si lo pensamos bien, es un cruel instrumento de tortura y de muerte, que por un lado era el destino de criminales, y por otro, representa todos aquellos dolores, propios de la vida humana. A veces, podemos pensar que las cruces vienen de Dios. Él las conoce y las permite. Pero si nos fijamos bien en el relato de la pasión, vemos que Dios puso a su hijo y los seres humanos pusimos la cruz, y más aún una cruz injusta.

Esa era la situación de la primera comunidad cristiana, allá por el siglo primero. La cruz era un escándalo; una vergüenza. Que el Dios cristiano muriera crucificado, era sin duda, no sólo motivo de burla, por parte de la sociedad pagana, sino también una piedra de tropiezo, ante la cual el cristiano se veía fuertemente cuestionado. Seguir a un Dios humillado y vencido, era y es, muy difícil. Pero ¿por qué es tan difícil ser cristiano? ¿por qué es tan desafiante? Cristo no cambia el mundo a partir de la victoria humana, sino que, transforma una derrota humana como la de la cruz, en una victoria divina, con su resurrección.

En el texto, la reacción de los discípulos que quedan aterrados y luego silenciados, refleja nuestra respuesta humana ante lo divino y lo misterioso. Nos recuerda que, aunque podamos experimentar momentos de claridad espiritual o cercanía con Dios, esa experiencia no siempre es fácil de comprender, pero debe transformarnos y guiarnos hacia una vida de mayor fe y obediencia.

Providencialmente, la cuaresma nos regala en este segundo domingo, el evangelio de la transfiguración del Señor. Un texto que relata el camino de los discípulos para cambiar su manera de ver a Jesús, al mundo y al prójimo. Cambiar hasta el punto de vencer las lógicas humanas, que los llevaban a ver en el crucificado un derrotado y no realmente lo que era; la Gloria de un Dios victorioso, camino de humanidad.

En efecto, la gloria de Dios no está destinada a quedarse en una experiencia aislada, sino a ser vivida en el seguimiento diario de Jesús. Como cristianos, estamos llamados a vivir nuestra fe con esperanza, sabiendo que, aunque enfrentemos momentos de oscuridad, la gloria de Dios ya está obrando en nosotros y se manifestará plenamente en la vida eterna.

En este sentido, recordamos que Dios puede manifestarse de formas sorprendentes en nuestra vida. Pero también nos invita a reconocer su presencia en los momentos difíciles, especialmente en la cruz. Jesús muestra su gloria para darles esperanza a sus discípulos. De igual manera, en nuestras dificultades y sufrimientos, podemos tener la certeza de que la gloria de Dios se manifestará en su tiempo. Por lo tanto, se trata de una llamada a la conversión y la esperanza.

En el pasaje, Pedro, sin entender completamente lo que está sucediendo, sugiere hacer tres tiendas, lo que refleja su deseo de permanecer en ese momento de gloria. Sin embargo, la voz que viene del cielo, les indica que deben escuchar a Jesús. Esto nos invita a abrir nuestros corazones a la palabra de Cristo, a seguir su enseñanza y a vivir según sus mandamientos. Al mismo tiempo, la presencia de Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas, respectivamente, muestran que Jesús es el cumplimiento de toda la revelación anterior en la historia de Israel.

Hermanos, no se trata tampoco de subir a la montaña para quedarse en un intimismo de Dios y yo, como fue el deseo de un desconcertado Pedro: “Maestro qué bueno es que estemos aquí. Haremos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (Lc 9,33). No se trata de vivir en la burbuja de un cristianismo desconectado de la realidad. Se trata de subir a la montaña de Dios, convertir el corazón, cambiar nuestros criterios y nuestra mirada, para luego con él, con Jesús, bajar a la misma llanura, pero ya no mundanamente, sino humildemente, transformando la humanidad a partir del amor.

Reflexionemos, sobre cómo nosotros también somos llamados a subir al monte de la oración y la contemplación, para experimentar la presencia de Dios de manera profunda y transformadora. ¿Qué hicieron los discípulos para convertir su corazón? Subieron a la montaña. Se alejaron de la llanura mundana y mediocre, donde imperan los criterios humanos de las amenazas de la ley del más fuerte y del poder del dinero. Se alejaron de la llanura donde el abuso de poder y el falso libertinaje, disfrazado de libertad, lo son todo, corrompiendo a la persona humana. Se alejaron de la llanura de masas, donde no hay rostros desaparecidos, sino números. Se alejaron de la llanura de la sociedad donde no hay voluntades, sino títeres, donde pensar distinto es una amenaza.

Solo haciendo el esfuerzo de alejarse de esas llanuras y subiendo al monte de la intimidad con Dios en el silencio de la oración, en lo profundo de la conciencia, escuchando su palabra, se logra comprender que Dios piensa y actúa de otro modo, al punto de hacer de la pérdida una ganancia y de la cruz algo muy bello.

Estimados lectores: La cuaresma es precisamente ese camino de vida. Es alejarse de la llanura para el encuentro con Dios. Es convertirse de corazón y cambiar la forma de vida. De no ser así, la cuaresma se reduciría sólo unos cuantos sacrificios, y el cristianismo, a una simple etiqueta externa que algunos llevan con orgullo y otros con vergüenza, pero sin ningún efecto existencial.

"La Transfiguración del Señor"